72 instantáneas reveladas a pulso

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Editoriales culturales | 5 min de lectura | Abril 2024

Una reflexión sobre la memoria, la fotografía análoga y el valor de construir una programación cultural con identidad y sentido.

La cultura es lo primero que hay que salvar. Esta idea, que atraviesa el tiempo, cobra sentido cuando se piensa en cómo construimos memoria y en la manera en que registramos lo que vivimos.

Hace unas semanas encontré el lead para conversar esta noche con ustedes, después de que Isabel, mi hija menor, mostrando genuino interés en la fotografía, se colgó una cámara análoga —o réflex, como le decían los fotógrafos veteranos a las cámaras de rollo—. Vino enseguida una conversación maravillosa.

Y es que en tiempos en que todo tiene que ser instagrameable, en que la gente cambia de celular cada año para pasar de 128 GB a 256 GB, y aun así se quedan cortos y les toca uno de 512 GB porque no les caben las fotos y los videos —fotos que se toman en ráfaga, diez con la misma pose, ocupando espacio y que nunca depuran—, es maravilloso pensar en aquel tiempo en que solamente tenías 12, o 24, o máximo 36 posibilidades de capturar la historia.

Doce, veinticuatro o treinta y seis instantes que quedaban alimentando la memoria. Llegar a la casa materna a hojear los álbumes y recorrer instantáneas del pasado desde esas fotografías que valían un tesoro.

Detenerse a elegir los parámetros de la cámara, para no dañar ninguna: elegir la sensibilidad del rollo, calcular la apertura del diafragma y definir la velocidad de obturación. Luego venía la magia del revelado, en cuarto oscuro, y a pulso insertar la película en el carrete del tanque, con toda la sensibilidad puesta en la aplicación del revelador, el fijador, lavar y secar con precisión para tener un resultado sin previa revisión.

Había que ser bueno. Y por eso no todo el mundo tomaba fotografías, y se valoraba un montón hacerlo bien. También era emocionante llevar a las tiendas fotográficas a revelar los rollos y esperar a ver cuántas fotografías se lograban.

Así, la curaduría artística para públicos exigentes y con criterio termina siendo algo que ya pocos valoran, porque pocos la tienen, como las cámaras análogas. La industria a gran escala ha puesto delante otro derrotero para la escena y el espectáculo en vivo, y para estos agentes el objetivo es diferente al nuestro.

Acá aún revelamos en tanque de revelado a mano, salvaguardando lo que ha determinado la importancia de las artes universales. Deteniéndonos en los parámetros de la oportunidad única de concertar con la excelencia, advirtiendo primero que todo que corresponda a una idea, para poder obturar cuando es debido. Cuando la sensibilidad nos muestra el ángulo perfecto, no cuando la pose nos diga cuál puede ser más viral.

Hace poco conversaba con Sandra Meluk sobre las agendas de los escenarios culturales y cuán afortunados somos de tener de todo para todos, y en todo tipo de escenarios. No se trata de calificar quién hace buenas programaciones y quiénes malas, sino de reconocer cuáles agendas tienen el factor clave: identidad.

Ojalá los públicos fueran inagotables. Ojalá el dinero fuera inagotable para poder acudir a todo. Pero mientras eso sigue siendo utopía, el Teatro Colsubsidio ha definido que esa identidad va en línea con el objetivo de desarrollo humano, en la apuesta por ofrecer servicios sociales de calidad que contribuyan a la transformación de proyectos de vida, y que asumimos con carácter la responsabilidad cultural que nos corresponde.

Yo, Paulo Andrés Sánchez Gil, gerente del Teatro y de Cultura Colsubsidio, asumí hace muchos años esa responsabilidad y la honro en este espacio majestuoso, lleno de historia, que pertenece a una organización que no se ufana de ser la caja de compensación número uno del país, sino que se compromete con sus afiliados y con la ciudad para entregar un portafolio de servicios donde las personas sientan que sí es posible acceder a servicios de calidad, en justas proporciones, y con la mirada puesta en el rigor de cada proyecto, de cada idea, de cada infraestructura.

Este año, esta mirada hace un reconocimiento urgente y necesario, porque “La cultura es lo primero que hay que salvar”. Y esa sentencia de Eusebio Leal, el inolvidable historiador de La Habana, resuena hoy con una vigencia luminosa.

En un tiempo que exige sentido y profundidad, el Teatro Colsubsidio dedica su programación 2026 a Cuba como país invitado de honor, reconociendo en su tradición artística no solo una herencia, sino una fuerza viva que dialoga con el presente y proyecta futuro.

Música, escena y memoria convergen para recordarnos que el arte no es ornamento: es raíz compartida, resistencia creadora y horizonte común. A Cuba le debemos mucho: incluso la gratitud de acoger los esfuerzos de paz de nuestro país, precisamente en el año en que se conmemora una década del acuerdo.

Hay muchas formas de poner en contexto aquella frase de “Memorias del subdesarrollo”, de Gutiérrez Alea y Edmundo Desnoes, donde en Cuba persiste “la dificultad para sostener un sentimiento, una idea sin alteración”.  Y es que después de 65 años, lo que queda demostrado es que la dificultad es mantener la idea sin alteración.

Pero también, desde la metáfora del sentimiento sostenido, podemos decir que Cuba ha establecido cimientos que le permiten alzarse como referente cultural universal, de dimensiones profundas. Más allá de cualquier coyuntura, su vigencia artística es un hecho presente.

2026 es el año en el que el Teatro Colsubsidio cumple 45 años de creación. Incontables los rollos revelados a pulso, pero sin duda fotografías de calidad. No sé si instagrameables, pero en todo caso, memorables.

Las de este año, con el diafragma bien abierto, a poca velocidad de obturación —afán no tenemos, porque lo que tenemos es responsabilidad—, ISO 200 será una de las mejores exposiciones de estos 45 años en esta galería de memoria, de sentimientos, de diálogos que interpelan las igualdades y los dictados de la gran industria del entretenimiento, que nos deja a nosotros, por fortuna, el reto de pensar en aquello que, modificadas las plataformas, aún permanezca en la memoria y edifique el patrimonio cultural de nuestros tiempos.

En consecuencia, una agenda que se define por su carácter ecléctico y su búsqueda de identidad tiene el deber de rendir homenaje a este eje fundamental de nuestra historia sonora. Al reconocer la grandeza artística de Cuba, celebramos también nuestra capacidad de nutrirnos de sus lenguajes.

A veces me pregunto si debí tirar más fotos, pero me quedo con la certeza de estas 72 instantáneas reveladas con amor y a pulso.

Dicho esto, solo me resta darles la bienvenida a la Agenda 2026 del Teatro Colsubsidio: un espacio abierto para habitar y celebrar la diversidad y la excelencia de múltiples culturas, y rendir homenaje a la profunda riqueza musical que nos ha legado la isla de Cuba.

Paulo Andrés Sánchez Gil 
Gerente Teatro y Cultura Colsubsidio 

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